3. LA CRISIS ESPAÑOLA:
La dictadura franquista tuvo como origen detener la desintegración de "España" como espacio material y simbólico de acumulación de capital. Desde finales del siglo XIX avanzaba la desintegración del Estado español corroído por problemas irresolubles que nos remiten, como mínimo, hasta comienzos del siglo XVI cuando la clase dominante castellano-alemana destroza la sublevación comunera en Castilla y endurece la ocupación militar del Estado vasco de Nafarroa invadido anteriormente. A partir de aquí, el Imperio de los Habsburgo arrastra una serie de problemas internos que son pospuestos y disimulados gracias a las sobreganancias obtenidas con la expoliación genocida de las Américas, básicamente, y también a la deliberada potenciación de la ganadería y de la agricultura, por este orden, en detrimento de una incipiente pero decisiva acumulación originaria de capital y desarrollo de unas raíces burguesas. Sin embargo, a mediados del siglo XVII los problemas internos son mayores que las soluciones externas y el Imperio va perdiendo fuerza y posiciones en la violenta carrera por una nueva jerarquía mundial, ahora ya capitalista comercial. La derrota de los Habsburgo y victoria de los Borbones a comienzos del siglo XVIII, que expresan intereses de bloques de clases dominantes diferentes, cierra un periodo y abre otro en el cual el nuevo poder intentar detener la caída centralizando y uniformizando el Estado con métodos absolutistas, usando las guerras y las presiones económicas, e imponiendo la cultura y la lengua de la administración centralista.
A diferencia de lo ocurrido en el Estado francés, en donde el absolutismo borbónico si logró mal que bien sentar las bases de una acumulación originaria de capital y de una burguesía ascendente que, con todos sus problemas internos plasmados en brutales guerras internas y externas, fue dando cuerpo a un Estado cada vez más controlado por esa burguesía en ascenso y progresivamente perdido por una nobleza en descomposición imparable, hasta rematarla con la revolución burguesa de 1789; a diferencia de este proceso, como digo, en el Estado español el poder socioeconómico y militar, además de cultural y sobre todo religioso, de la nobleza ahogó una y otra vez hasta el siglo XX los tímidos intentos de una burguesía débil y atemorizada por acceder al poder estatal. Los esporádicos esfuerzos de algunos monarcas absolutistas por suplantar con su voluntarismo la iniciativa que le faltaba a la burguesía, estos esfuerzos solamente detuvieron poco tiempo la caída, que se acelero en el siglo XIX. Naturalmente, el derrumbe español debe estudiarse a su vez como parte interna de la evolución del capitalismo mundial, derrumbe forzado por las presiones externas de capitalismos ascendentes como el holandés, el francés, el británico, el estadounidense y el alemán, quienes a pesar de sus marcadas diferencias tienen un denominador común que les distancia claramente del capitalismo español, que no es otro que la formación de burguesías nacionales que vertebran mas o menos sólidamente el Estado-nación que construyen, aunque todos estos países también tengan "problemas nacionales" en su seno.
El franquismo no hizo sino confirmar esta constante histórica, el obstinado rechazo del bloque de clases dominante en el Estado a cualquier intento de revolución burguesa. ¿Por qué? Porque esa minoría sabía y sabe que su poder de clase se debilitaría y hasta desaparecería sin un férreo control centralista ejercido por un duro Estado antidemocrático sobre los problemas irresolubles que arrastra desde comienzos del siglo XVI. Aunque la segunda república española de 1931-39, no fue, ni quiso serlo, un intento de revolución burguesa, tanto la extrema gravedad de la crisis estatal como el contexto mundial facilitaron el golpe franquista y ayudaron a la masacre de la república. ¿Cuáles fueron esas crisis? Una, la debilidad nacional de la burguesía moderna española al no haber podido constituirse en clase dominante no dependiente del egoísmo caprichoso de las viejas clases. Otra, el atraso económico estructural del capitalismo español en comparación al europeo y al mundial, atraso obvio que no podemos detallar aquí. Además, la resistencia de las naciones oprimidas de las cuales, dos de ellas, la catalana y la vasca, desarrollaron sendos capitalismos que si bien están sólidamente unidos al estatal, también han agudizado la identidad de esas naciones oprimidas; y, por último, una profunda deslegitimación del nacionalismo tradicional español por parte de amplias masas.
Aunque las cuatro crisis se forman en sucesivos períodos desde el siglo XVI hasta la actualidad, y aunque según la dialéctica entre la coyuntura y el contexto, cada una de ellas pasa a ser la importante en un momento preciso, siendo esto cierto, es más importante aún saber, primero, que las cuatro interactúan cada vez más hasta generar una crisis total del Estado y, segundo, que en el fondo de esa interacción que confirma la naturaleza sistémica de la "crisis nacional española", actúa como determinante material y simbólico la propiedad capitalista de las fuerzas productivas en el marco estatal.
Que el franquismo no resolvió definitivamente ninguno de esos problemas, sino que los agravó, es una cosa sabida amargamente por la propia UCD, PSOE y PCE, y también por el imperialismo hace más de veinticinco años. No puedo extenderme ahora en el análisis de los intentos franquistas por resolver a su modo esos problemas conforme pasaban los años y la dictadura se mantenía únicamente gracias al apoyo externo de los EEUU, al terror interno y a la resistencia lentamente adaptativa de fracciones tecnocráticas de la burguesía. Me interesa más explicar por qué y cómo existe una continuidad esencial desde la UCD hasta el PP actual, pasando por el PSOE y contando con el decisivo apoyo del PCE, destinada a resolver esas cuatro crisis siempre respetando los intereses estratégicos del capitalismo español. Continuidad mantenida durante un cuarto de siglo y reforzada cada vez que los poderes reales, los que realmente mandan, exigían su endurecimiento y ampliación para responder con nuevas medidas a las luchas de las naciones y clases oprimidas.
Antes de seguir, hay que empezar por el principio, por la piedra angular o basal, como se quiera, de todo el edificio que no es otra que esa "monarquía democrática" impuesta por el franquismo y aceptada por la llamada oposición. Todos sabemos que la burguesía es suficientemente astuta y oportunista como para, según las circunstancias y necesidades, dominar mediante una dictadura atroz, o mediante el excepcional caso de un parlamento democrático burgués al estilo británico, capaz por otra parte de los peores crímenes para mantener su poder. Lo fundamental es acelerar la acumulación ampliada de capital y si para ello, en las actuales condiciones, hay que aceptar una "monarquía democrática", aunque contradiga toda lógica y toda la inicial historia revolucionaria burguesa, pues se acepta y ya está. No hay problema ético-político alguno porque lo decisivo es mantener la propiedad privada de las fuerzas productivas y multiplicar el beneficio.
No debemos escandalizarnos porque la burguesía aceptara al rey que Franco nombró. Pero tampoco porque lo hiciera la oposición autodenominada socialista, comunista, y hasta una parte del maoísmo. Era una oposición caracterizada por su españolismo y falta de internacionalismo; su antifranquismo estricto y su ausencia de anticapitalismo, y su dependencia dogmática hacia estrategias reformistas exteriores. Su españolismo quedó bien pronto patente al negar cualquier posibilidad de independencia a las naciones oprimidas por el Estado y al aceptar la Constitución. Su estricto antifranquismo quedó satisfecho al morir Franco y al limitarse las reformas a la Constitución monárquica, y su anticapitalismo mostró sus limites con los desastrosos Pactos de la Moncloa de 1977. Su obediencia internacional hacia la socialdemocracia y el stalinismo les llevó a cumplir las directrices de estos poderes, que en modo alguno deseaban un proceso revolucionario en la península teniendo en cuenta la situación en Portugal. Pese a todo, la ayuda inestimable que recibió el capitalismo español con esta rendición incondicional fue únicamente el comienzo de una sistemática defensa de sus intereses, acrecentada con ciega obediencia, por ejemplo, a raíz del golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981.
Si tuviéramos tiempo veríamos partido a partido cómo han cumplido su parte correspondiente en el intento de solución de la crisis sistémica del Estado español, pero nos excederíamos en demasía, así que resumiré las soluciones aplicadas a cada una de las crisis concretas de esa crisis general. El orden utilizado es el cronológico, es decir, el seguido históricamente por la aplicación de las medidas resolutivas aplicadas a cada crisis particular.
Lo primero y lo que más preocupó al capitalismo fue salvar la "unidad nacional española", o sea, mantener intocable el marco estatal de acumulación. Franco en persona se había preocupado por dejas las cosas "atadas y bien atadas", y ya antes de su muerte se ponía en marcha el sistema sucesorio que no era otra cosa que garantizar al bloque de clases dominante que mantendría su propiedad privada de las fuerzas productivas y el control relativo --teniendo en cuenta que ya para entonces los EEUU mandaban mucho-- del territorio y del mercado estatal. La "nación española" siguió siendo esencialmente la misma antes y después de morir Franco, pese a los ligeros cambios de forma y de imagen externa que se hicieron. Los aparatos de Estados, sus burocracias ministeriales, siguieron siendo los mismos, y sus fuerzas represivas también.
Conviene insistir en que las primeras medidas tomadas fueron las destinadas a mantener el poder del bloque de clases dominante en cuanto "poder nacional", en cuanto "clase nacional" propietaria del capital y por ello del Estado y de "España". No se empezó a maquillar el postfranquismo por el tejado sino que se reafirmaron sus pilares, y se hizo al poco de fusilar a cinco militantes revolucionarios y endurecer al máximo la represión de las luchas nacionales, sobre todo la vasca. El periodo del Gobierno Arias fue decisivo para asegurar este proceso y preparar el siguiente porque mostró a la burguesía española que podía atreverse a algunos retoques estéticos más. Para ello se nombró el Gobierno de Suárez y se creó de la nada a la UCD. Por esto fue tan importante la aceptación por el PCE de la bandera monárquica franquista y de la simbología españolista. Porque suponía la autoderrota de uno de los dos sectores más odiados y temidos por "España". El otro era el independentismo vasco. Desde entonces, cada vez que ha hecho falta, el Estado ha incrementado la producción de "identidad nacional española", lo que nos lleva a otra de las soluciones estratégicas, como veremos en su momento.
La segunda medida fue la de derrotar sin piedad al movimiento obrero con los Pactos de la Moncloa para demostrar quién mandaba realmente en la decisiva esfera socioeconómica. Sin embargo, el movimiento obrero mantenía fuerza suficiente para seguir resistiendo un tiempo. Hizo falta que llegara al Gobierno el PSOE para que la ofensiva capitalista en lo socioeconómico se redoblara con una intensidad nunca vista, aprovechando la legitimidad que tenia el PSOE y la UGT. Los objetivos centrales del ataque eran, primero, recuperar la competitividad del capitalismo español para aumentar el beneficio empresarial; segundo, regalar a la burguesía española grandes masas de capitales públicos; tercero, sanear con dinero publico las perdidas privadas, los desastres causados por las corrupciones, despilfarros e ineptitudes empresariales en industria, banca, energía, construcción e infraestructuras, etc.; cuarto, abrir el mercado estatal a las inversiones exteriores e introducir al Estado en el mercado mundial y europeo; quinto, echar marcha atrás en la reivindicación popular de reforma agraria, engañándola con promesas; sexto, racionalizar en lo posible la política en I+D, y séptimo, iniciar el proceso de desertización económica de las naciones oprimidas concentrando el poder socioeconómico en Madrid, política estratégica que se aceleraría desde comienzos de los años ’90 y sobre todo con el PP, excepto cambios secundarios y de prioridades tácticas impuestas por urgencias súbitas.
La tercera medida consistió en oficializar de manera inamovible los pilares del nuevo régimen mediante un referéndum condicionado por el miedo a un golpe militar y el chantaje del caos económico, también con promesas de un futuro brillante, sobre la Constitución. Se trataba de dar por definitivas las dos "reformas" anteriores y, a la vez, marcar los límites del futuro en lo que toca a la "España de las Autonomías" que era la forma de dar por cumplidas las reivindicaciones de las naciones oprimidas, especialmente la vasca. El objetivo de esta medida era, de un lado, comprar la fidelidad de las burguesías periféricas con un flaco plato de lentejas podridas, y, de otro, ganar con ello legitimidad para poder reprimir a las izquierdas independentistas. Ambos objetivos se plasmaron en el referéndum por el Estatuto de Autonomía en el tercio vascongado como ejemplo supremo de la aplicación del plan en todo el Estado, aunque con diferencias claras pero secundarias desde la perspectiva española ya que, de inmediato, el flaco plato de lentejas fue aun más vaciado de contenido para engordar la cazuela madrileña. Después, toda la política estatal, al margen de los gobiernos de turno, ha seguido esta línea estratégica de atar cada vez más en corto a las burguesías periféricas, reprimir con creciente brutalidad a las naciones trabajadoras y aumentar la concentración y centralización de poder en Madrid.
La cuarta y ultima medida fue la de intentar crear otra imagen del nacionalismo español de aquel momento, totalmente franquista y muy rechazado incluso por amplios sectores españoles. Pero eran muy limitadas las posibilidades de reforma porque el sistema sabía del importante valor simbólico de la ideología nacionalista española para el espinazo de su poder, para el ejército, sobre todo tras la humillación impuesta por Marruecos al forzar la retirada española del Sahara. El maquillaje se limitó a lo mínimo imprescindible como retocar un poquito la bandera pero manteniendo el himno, por ejemplo. Incluso se pactó a todo correr un acuerdo preconstitucional con un poder como la Iglesia católica para mantener bien sólidos los pilares tradicionales de "España". La prensa llamada "democrática" tuvo aquí una función decisiva ya que disponía de un plus de credibilidad fundamental para comenzar la tarea de modernización del nacionalismo españolista. Pero el papel crucial en este asunto, como en otros, lo jugaron las organizaciones políticas, sindicales y culturales controladas por el reformismo estatal, que desde el primer día apostaron en la práctica por convencer a la gente de las bondades de la "democracia española" y, por tanto, de una nueva forma de ser español. Desde entonces, periódicamente, estas fuerzas han renovado sus esfuerzos por adecuar el nacionalismo españolista a las necesidades de la acumulación de capital. Actualmente, por ejemplo, el llamado "patriotismo constitucional" del PSOE y del PP es un esfuerzo en este sentido.
Durante veinticinco años estas cuatro líneas de trabajo han condicionado y marcado todas las decisiones puntuales y tácticas del Estado español. Los gobiernos sucesivos han procedido a adaptarlas y mejorarlas, pero nunca las han negado porque son necesarias para el capitalismo español, para que al menos controle, ya que no puede resolverlos definitivamente, los dos problemas esenciales en los que se resumen las cuatro crisis vistas, a saber, el problema de la inexistencia de una "nación española", y el problema de la lucha de clases dentro del Estado. Ambos problemas se manifiestan con especial crudeza en Hego Euskal Herria, en donde el pueblo trabajador vasco sintetiza y representa las alternativas radicales al problema que tratamos. Por ello mismo, es contra Hego Euskal Herria cuando las cuatro líneas se fusionan en una sola que adquiere su forma más siniestra en los sucesivos sistemas y paradigmas represivos aplicados por los gobiernos de Madrid contra el pueblo vasco. Es muy significativo el que conforme se agota la "reforma" y Hego Euskal Herria avanza hacia su liberación, los sistemas y paradigmas represivos van ampliando sus contenidos socioeconómicos, lingüístico-culturales, identitarios españolistas, simbólicos y hasta deportivos, que no solamente represivos, torturadores y propagandísticos.
La razón hay que buscarla en un hecho tan sencillo para el marxismo como que la burguesía española necesita oprimir nacionalmente al pueblo vasco y a otros más, para aumentar su tasa de beneficio. La opresión nacional tiene, antes que nada, un origen e interés económico y luego, sobre este interés, se establece una ideología justificadora y un nacionalismo correspondiente. La opresión nacional viene de lejos y la interacción de factores ha hecho que se entremezcle lo ideológico con lo económico formando una unidad en la que, a simple vista, lo ideológico, el nacionalismo imperialista español, aparezca como la causa primera del problema, pero es a la inversa, lo cual no niega la importante autonomía relativa de lo ideológico y de lo simbólico con respecto a lo material. Sin embargo, siendo esto cierto, y siendo verdad también que en periodos determinados lo ideológico condiciona a lo económico, empero, a largo plazo y sobre todo en los momentos de crisis y de cambios importantes, en momentos de bifurcación, aparece realmente el poder decisorio y definitivo de la infraestructura económica y de los intereses clasistas y patriarcales, que dan cuerpo y coherencia al nacionalismo imperialista del Estado opresor de otros pueblos. Pues bien, ahora se vive una situación así y el Estado español está remodelando las cuatro líneas de intervención.
A lo largo de la década de 1991 el Estado español ha sido sometido a dos tensiones crecientes como son, una, la interna agudización de su crisis sistémica por razones que no podemos detallar pero entre las que destaca la lucha de liberación nacional vasca, y, otra, la externa agudización de las presiones capitalistas mundiales y sobre todo europeas por los cambios que se están produciendo. La dialéctica entre las presiones externas y la crisis interna, que tampoco podemos exponer, exacerba los problemas y crea otros nuevos que siempre nos remiten a las debilidades estructurales que minan a "España". La desesperada furia con la que el Estado español arremete contra todo lo vasco, comprensible desde su fanatismo ideológico, es sobre todo más comprensible si bajamos a los intereses de débil clase nacional de la burguesía española y comprendemos que se enfrenta a tres retos vitales para su futuro: uno, resolver urgentemente sus problemas estatales internos para, dos, no perder comba en la carrera por un puesto importante en la jerarquía imperialista europea y mundial y, al amparo de lo logrado, asegurar otra fase de "unidad española" y de acumulación de capital, que es lo decisivo.
Tal como se ha iniciado el siglo XXI, el panorama se está poniendo cada ver peor para el Estado español. La competitividad de su economía decrece mientras aumentan por el lado opuesto otros indicadores que confirman el distanciamiento entre la velocidad europea y la española, sobre todo en aspectos decisivos como son los tecnocientíficos, los educativos, los infraestructurales y otros. La coherencia nacional interna tampoco se españoliza a la velocidad necesaria como para asegurar la docilidad de la fuerza social de trabajo, mientras aumentan por el lado opuesto otros indicadores que confirman el incremento de las identidades de las naciones oprimidas. La clase trabajadora, pese a todos los cambios sufridos, no ha sido derrotada como se demuestra en la pasada huelga general y en los problemas que tiene el sindicalismo reformista para controlar la aparición de sindicatos y colectivos radicales. La evolución del capitalismo mundial no permite asegurar una rápida y segura recuperación del beneficio sino una muy lenta y angustiosa, y la expansión hacia el este de la UE incrementa el peligro real de periferización española. Estas y otras dificultades nos remiten, insistimos, a los problemas de fondo que arrastra "España" desde hace tiempo y que tienden a recrudecerse por la dialéctica de las contradicciones sociales objetivas.
Aplicando el método marxista comprendemos tanto la evolución de los problemas estructurales como, por debajo, su permanencia esencial a lo largo de los cambios formales. E igualmente comprendemos el papel clave que juega la intervención humana subjetivamente organizada como fuerza de impacto objetivo, de las masas oprimidas, de las naciones aplastadas, de las mujeres, etc., presionando e interviniendo en los problemas para solucionarlos según sus necesidades y no según los de la minoría explotadora. Hace cinco lustros, tanto las izquierdas como las derechas españolas creían que aplicando determinadas soluciones a los problemas de fondo histórico que el franquismo no había resuelto, sino al contrario, haciéndolo, resolverían para siempre los miedos y temores pensados por la llamada "generación del ‘98" del siglo XIX, grupo de intelectuales españoles desbordados y apabullados por la derrota definitiva de su Imperio. A los pocos años, en la primera década del siglo XX, la burguesía estatal desarrolló las medidas imprescindibles para poder hablar de un Estado-nación equiparable en lo fundamental a otros Estados burgueses occidentales. Pero un siglo después, los problemas siguen siendo los mismos, justo cuando el capitalismo avanza a otra fase histórica --que agudiza al máximo todas las características del imperialismo que se inició aproximadamente entonces-- y cuando internamente vuelven a tomar cuerpo los fantasmas de otra "decadencia nacional". Hace veinticinco años, tras el fracaso franquista, creyeron poder resolver esos problemas, y ahora vemos que no.